Un país, un estado, un pueblo lleno de complejos y atascado de rezagos y necesidades. Una sociedad corrompida por la ferviente inquietud de ser una raza distinta a la nuestra. Mientras escribo esto me doy cuenta que no tenemos una raza como tal. Somos producto de una mezcla y por ello no somos más que un fragmento tanto de una como de la otra. Por alguna “mística” razón aquella raza europea, que queremos alcanzar, es la raza que cuenta con los recursos económicos predominantes dentro de nuestro país (este misterio se acaba con los años de opresión y limitación de oportunidades por cuestiones raciales). Y cómo no vamos a querer pertenecer a esa raza y avergonzarnos de las culturas prehispánicas, si la primera lleva siglos teniendo el control de todos los sistemas en los que apenas jugamos un rol.
Esto es justo lo que búscase atacar en este escrito, esta creciente desigualdad a tasas crecientes. ¿Qué está pasando? ¿En qué momento tener al hombre más rico del mundo en un país tan desigual se convierte en un orgullo? Algo está mal en estas consideraciones dadas. Es asqueroso ver el modo de vida del primer decil de nuestra población, pero es aun más repugnante ver el primer decil de este último. Esa vida de mega-fraccionamientos donde a las sirvientas les resulta prohibido el caminar por la calle y existen transportes que las llevan a la entrada, porque no quieren que estas, por estar más cercanas a la cultura prehispánicas, dañen la percepción de su exquisito panorama, mismo que obviamente es fabricado de manera artificial, pues a escasos kilómetros de distancia no nos resulta raro ver cinturones de miseria. Lo inquietante no es sólo esta pobreza, sino que esta gente en lugar de preocuparse por disminuir la brecha, se encargan de generar infraestructura, si infraestructura que rodee estos cinturones de pobreza, de modo que puedan pretender que no existen, que la gente no esta “tan mal”. Que todo es producto de los medios de comunicación, y de los actores políticos que los utilizan para chantajear a estos magnos y dignos empresarios, los cuales son incapaces de promover los monopolios y aprovecharse de los dotes del mercado y de su posición en la que pueden contratar los mejores litigantes, que conocen a la perfección el sistema jurídico (sistema lleno de contradicciones). Es nauseabundo.
El círculo vicioso que nos tiene envueltos es intolerable, de ahí que la una tercera parte de los electores voten por propuestas alternativas, están cansados y cualquier propuesta que se antoje como un cambio a su estado actual, que no puede ser peor, resulta atractivo. Esta creciente desigualdad, sumada a ese racismo presente por siglos debe modificarse desde una reforma estructural de la forma de gobierno. Cesar la hipocresía. Es menester despertar esa conciencia social, despertar el hecho de que tener un magnate de esa magnitud es cuestión de vergüenza y no de orgullo. Pongamos los pies en la tierra y salgamos de ese mega fraccionamiento y trasladémonos unos kilómetros a esos cinturones de pobreza y reduzcamos esta brecha, que eso si es una posibilidad real.
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2 comentarios:
Como has de notar nadie comenta en nuetro triste blog, hay que reanimarlo! hay tiempo...
Gracias por este post, Andrés. Veo que eres sensible a uno de los temas que tanta gente sigue evitando y negando. Te recomiendo mucho que busques en la red escritos de Aníbal Quijano, sociólogo peruano.
Jesús
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